Los incendios en España. Julio de 2026.
España afronta una de las mayores emergencias forestales de las últimas dos décadas. Los incendios simultáneos en la Comunidad de Madrid y en Ávila obligaron al Gobierno a declarar la emergencia de interés nacional, situar a la Unidad Militar de Emergencias al frente de la dirección operativa y activar el Mecanismo Europeo de Protección Civil. Miles de profesionales y ciudadanos trabajan sin descanso para proteger vidas, viviendas y explotaciones agrícolas y ganaderas. Varios países europeos han enviado medios para reforzar ese esfuerzo colectivo.
Y mientras observamos esa respuesta extraordinaria, resulta difícil no hacerse una pregunta que rara vez ocupa los titulares:
¿Cuánto de lo que estamos viendo era evitable?
Existe una idea profundamente arraigada en nuestra forma de entender las crisis: creemos que empiezan cuando se hacen visibles. Un incendio comienza cuando vemos humo. Una inundación, cuando el agua entra en las casas. Una crisis institucional, cuando ocupa las portadas. Sin embargo, casi nunca ocurre así.
Lo que llamamos ‘emergencia’ rara vez marca el comienzo de una crisis. Con frecuencia es el momento en que ya resulta imposible ignorar las consecuencias de decisiones tomadas -o aplazadas- durante años.
La emergencia no es el origen. Es la factura.
Las emergencias rara vez son acontecimientos aislados. Son el punto de encuentro entre un fenómeno desencadenante y una acumulación silenciosa de decisiones, prioridades, capacidades… y también omisiones.
Por eso la prevención tiene un problema político: cuando funciona, apenas deja rastro. No genera imágenes espectaculares. No ocupa titulares. No produce reconocimiento inmediato. Nadie celebra el incendio que nunca llegó a producirse.
Quizá por eso seguimos evaluando a nuestras instituciones casi exclusivamente por la eficacia con la que responden cuando la crisis ya ha estallado, y mucho menos por la capacidad que demostraron antes para reducir su impacto.
Sin embargo, la resiliencia institucional no aparece el día de la emergencia. Se construye durante años mediante planificación, coordinación entre administraciones, inversión sostenida y una cultura que entiende la prevención como una responsabilidad de gobierno, no como un gasto prescindible.
Por ello la pregunta verdaderamente importante no es cómo respondemos cuando la crisis ya ha comenzado. Esa capacidad merece el reconocimiento de todos los profesionales que hoy trabajan sin descanso sobre el terreno.
La pregunta clave es otra:
¿Cómo evaluamos la calidad de una institución antes de que llegue la siguiente crisis?
Los incendios terminarán extinguiéndose pronto – confiamos en ello. El humo desaparecerá. Las portadas cambiarán.
Lo verdaderamente importante será comprobar si también desaparece la conversación sobre aquello que hizo posible que esta emergencia alcanzara semejante dimensión.
Porque las crisis seguirán existiendo. Ninguna sociedad puede aspirar a eliminarlas por completo. Pero sí puede decidir dónde concentra su inteligencia colectiva: en reaccionar cuando el problema ya es visible o en construir, mucho antes, las capacidades que hacen a una sociedad más resiliente.
La diferencia entre gestionar una emergencia y gobernar una crisis empieza mucho antes de que veamos el humo.
¿Cuánto de lo que estamos viendo era evitable?
Existe una idea profundamente arraigada en nuestra forma de entender las crisis: creemos que empiezan cuando se hacen visibles. Un incendio comienza cuando vemos humo. Una inundación, cuando el agua entra en las casas. Una crisis institucional, cuando ocupa las portadas. Sin embargo, casi nunca ocurre así.
Lo que llamamos ‘emergencia’ rara vez marca el comienzo de una crisis. Con frecuencia es el momento en que ya resulta imposible ignorar las consecuencias de decisiones tomadas -o aplazadas- durante años.
La emergencia no es el origen. Es la factura.
Las emergencias rara vez son acontecimientos aislados. Son el punto de encuentro entre un fenómeno desencadenante y una acumulación silenciosa de decisiones, prioridades, capacidades… y también omisiones.
Por eso la prevención tiene un problema político: cuando funciona, apenas deja rastro. No genera imágenes espectaculares. No ocupa titulares. No produce reconocimiento inmediato. Nadie celebra el incendio que nunca llegó a producirse.
Quizá por eso seguimos evaluando a nuestras instituciones casi exclusivamente por la eficacia con la que responden cuando la crisis ya ha estallado, y mucho menos por la capacidad que demostraron antes para reducir su impacto.
Sin embargo, la resiliencia institucional no aparece el día de la emergencia. Se construye durante años mediante planificación, coordinación entre administraciones, inversión sostenida y una cultura que entiende la prevención como una responsabilidad de gobierno, no como un gasto prescindible.
Por ello la pregunta verdaderamente importante no es cómo respondemos cuando la crisis ya ha comenzado. Esa capacidad merece el reconocimiento de todos los profesionales que hoy trabajan sin descanso sobre el terreno.
La pregunta clave es otra:
¿Cómo evaluamos la calidad de una institución antes de que llegue la siguiente crisis?
Los incendios terminarán extinguiéndose pronto – confiamos en ello. El humo desaparecerá. Las portadas cambiarán.
Lo verdaderamente importante será comprobar si también desaparece la conversación sobre aquello que hizo posible que esta emergencia alcanzara semejante dimensión.
Porque las crisis seguirán existiendo. Ninguna sociedad puede aspirar a eliminarlas por completo. Pero sí puede decidir dónde concentra su inteligencia colectiva: en reaccionar cuando el problema ya es visible o en construir, mucho antes, las capacidades que hacen a una sociedad más resiliente.
La diferencia entre gestionar una emergencia y gobernar una crisis empieza mucho antes de que veamos el humo.
Christopher O. de Andrés | Strategic Translation · Governance · Strategic Communication · Institutional Leadership
Posted by Christopher Oscar de Andrés, on Tuesday, July 28th 2026 at 08:28
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La mayor victoria de ayer no quedó reflejada en el marcador.
Luis de la Fuente heredó una selección con un talento extraordinario. Lo realmente difícil fue construir algo que el talento, por sí solo, nunca garantiza: una identidad colectiva capaz de mantener el rumbo cuando el contexto se complica, el tiempo corre en contra y la presión alcanza su punto álgido.
España terminó levantando la Copa del Mundo. Pero ese desenlace empezó mucho antes.
El gol de la victoria llegó en el minuto 106 de la prórroga, después de un partido de máxima exigencia frente a la vigente campeona del mundo.
Ese desenlace no se improvisa. Se construye.
Las organizaciones que rinden bajo presión extrema suelen compartir un rasgo poco visible desde fuera: cada persona conoce su papel, confía plenamente en quien tiene al lado y trabaja por un objetivo que trasciende el suyo propio.
La preparación rara vez se aprecia en los momentos de calma. Es precisamente la presión la que revela si un equipo -o una organización- estaba realmente preparado.
Creo que la mayor aportación de Luis de la Fuente no ha sido únicamente táctica. Ha creado el entorno en el que el talento individual se convierte en rendimiento colectivo.
Ese es el tipo de liderazgo que permite que una organización responda cuando más importa.
Por eso esta historia trasciende el fútbol.
Las finales nunca construyen el liderazgo.
Solo revelan el trabajo que llevaba años haciéndose lejos del foco.
Enhorabuena a toda la selección española, al cuerpo técnico y, muy especialmente, a Luis de la Fuente por demostrar que las grandes victorias rara vez empiezan el día de la final.
Empiezan mucho antes, cuando casi nadie está mirando... y cuando todavía nadie sabe quién terminará levantando la copa.
El gol de la victoria llegó en el minuto 106 de la prórroga, después de un partido de máxima exigencia frente a la vigente campeona del mundo.
Ese desenlace no se improvisa. Se construye.
Las organizaciones que rinden bajo presión extrema suelen compartir un rasgo poco visible desde fuera: cada persona conoce su papel, confía plenamente en quien tiene al lado y trabaja por un objetivo que trasciende el suyo propio.
La preparación rara vez se aprecia en los momentos de calma. Es precisamente la presión la que revela si un equipo -o una organización- estaba realmente preparado.
Creo que la mayor aportación de Luis de la Fuente no ha sido únicamente táctica. Ha creado el entorno en el que el talento individual se convierte en rendimiento colectivo.
Ese es el tipo de liderazgo que permite que una organización responda cuando más importa.
Por eso esta historia trasciende el fútbol.
Las finales nunca construyen el liderazgo.
Solo revelan el trabajo que llevaba años haciéndose lejos del foco.
Enhorabuena a toda la selección española, al cuerpo técnico y, muy especialmente, a Luis de la Fuente por demostrar que las grandes victorias rara vez empiezan el día de la final.
Empiezan mucho antes, cuando casi nadie está mirando... y cuando todavía nadie sabe quién terminará levantando la copa.
Imagen: Ferran Torres y Eric García tras el pitido final. Algunas victorias se celebran en un instante. Se construyen durante años.
Foto: AFP7 vía Europa Press / AFP
Foto: AFP7 vía Europa Press / AFP
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