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document.write(' Hemos de destacar, como reflexión conclusiva, que el reto de la ampliación consiste en aprovechar los beneficios potenciales y convertir los riegos en oportunidades: la gestión eficaz de la crisis prolongada que nos continúa acechando; la eclosión de un nuevo orden europeo que lidere la geopolítica y el mercado global. Desde la propia Declaración Schuman –‘Europa no se hará de golpe ni será una construcción de conjunto’– resultaba evidente que el proyecto europeo requeriría de bastante tiempo y una buena dosis de ese término afín a la cultura anglosajona, ‘stamina’ –aguante / resistencia–, para consolidarse ya que, en último extremo, nos encontramos frente a un proceso continuado de adhesión de nuevos socios e implementación de nuevas entidades; una sedimentación que solo un tiempo prudente podría lograr. La frase tan común como falsamente atribuida a Monnet, ‘Si volviera a comenzar, lo haría por la cultura’, muestra el reflejo de la profundidad y, por tanto, cierta lentitud de los cambios requeridos para que la integración de la UE-27, en breve UE-28, cristalice. En consecuencia, los que abogamos por una Europa extrovertida y expandiendo sus fronteras hacia fuera, no lo hacemos desde una agenda intervencionista, como si pese a la crisis financiera tan acuciante y aparentemente contagiosa que se aferra a este presente corrosivo los europeos hubiéramos comenzado a desarrollar ansias de poder internacional. Más bien al contrario, lo hacemos desde el convencimiento, con más o menos espíritu europeísta, de que el tiempo ha dejado de jugar a favor de la Unión Europea, tanto política como históricamente: lo cual constata que el sentarse a esperar o aislarse del mundo no es una opción válida, si lo que quiere la UE-27 es fortalecer sus valores y su modelo, bien dentro del contexto geopolítico de los miembros de la UE ya consolidados, los nuevos socios, como los próximos socios que en un futuro se adhesionarán: ¡bienvenida Croacia!');
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